¿En qué momento se jodió Kuczynski?

January 1, 2018

Un presidente al borde de la destitución debe negociar con la bancada opositora para mantenerse en el cargo. ¿El precio?: Firmar una medida impopular que prometió no tomar, desatando un caos social. Un ex dictador a punto de salir de prisión mientras sus hijos pelean por el liderazgo de su partido. ¿Nueva ficción de Netflix o un día más en la política peruana?

 

 

El señor presidente se encontraba pensativo y disperso. Sólo unos minutos y una firma lo separaban de tomar la decisión más difícil desde que había asumido la presidencia. Las noticias que llegaban del Parlamento no eran alentadoras y en ese momento supo que era hora de jugar el último as bajo la manga si quería mantenerse en el poder.

 

Si bien eso permitiría evitar su inminente destitución en un proceso de impeachment, ahora le tocaba cumplir su parte del trato, y sabía perfectamente que esa acción iba a desatar un estallido social en el país, hipotecando su futuro político. Estaba entre la espada y la pared en esa cárcel de oro que algunos llaman “presidencia”.

 

Otorgar el indulto humanitario al octogenario ex dictador no solo era una medida impopular. Era exactamente lo que el Presidente había prometido que no iba a hacer mientras era candidato. Quizás esa promesa fue lo que lo llevó a la Casa de Pizarro en última instancia. Después de todo, gran parte de la ola de votos que lo hicieron pasar de un 22.16% en las elecciones generales a un 50.12% en segunda vuelta llegó por el rechazo de un amplio sector de la sociedad ante la idea del retorno al poder del partido del ex dictador, disfrazado ahora de progresismo republicano bajo la figura de su hija, por segunda vez consecutiva.

 

Paradojas del destino, candidata a la que en 2012, el actual Señor Presidente había apoyado. Pero la política a veces se trata de elegir entre el mal menor, especialmente en el Perú.

 

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, en una residencia de lujo ubicada en la zona más distinguidas, la hija del dictador golpea con desprecio la mesa de la sala y cuelga el teléfono. Ofuscada. Las iniciativas políticas de su hermano menor siempre le habían resultado infantiles y peligrosas para sus aspiraciones presidenciales. Nada la enojaba más que verlo tomar medidas sin consultarle, y especialmente cuando se trataba de asuntos tan delicados para su carrera, como era el caso esta vez. Sin embargo, en el último año, desde que se había transformado en el jefe de la bancada de su partido en el parlamento, su joven hermano tenía iniciativas independientes que no dejaban de irritarla. Esta vez el joven Kenji había llegado demasiado lejos: Salvar al presidente del impeachment a cambio de que indulte a su padre, a sabiendas de que esto generaría un enorme rechazo en amplios sectores de la sociedad, desatando un caos político cuyo desenlace era sin duda incierto.

 

 

Cerró su laptop y perdió su mirada en el ventanal del edificio, con los ojos clavados en el horizonte en dirección al océano Pacífico, como quien sabe que ha perdido una batalla, pero debe planificar muy cuidadosamente sus movimientos para no perder la guerra. Repetía en su mente las palabras de su padre, que pronto saldría de prisión muy a su pesar: “Mi pequeña Keiko, en política todo se renueva”.

 

Y eso debía hacer. Renovarse. Pronto su cara volvería a estar en todos los canales de televisión, cuando el Perú se entere que su padre, el ex dictador Alberto Fujimori había sido indultado. Para muchos de sus seguidores esto generaría gran alegría, y ella debía mostrarse sonriente, junto con su hermano Kenji, en un nuevo hito trascendental para la vida de esta familia, que desde hace ya 27 años era clave en la política peruana.

 

Devuelta en la residencia oficial, el Señor Presidente Pedro Pablo Kuczynski estaba listo para firmar el indulto, casi como una sentencia de muerte política.  Aunque en la última semana, ya había sorteado embrollos similares. Los fantasmas del pasado lo visitaban recurrentemente desde que estaba en el incómodo sillón presidencial. Sin mayoría en el Congreso y con una legitimidad casi prestada, sus vínculos con el mega escándalo de corrupción política que azotaba a toda la región, lo volvían a poner contra las cuerdas, a merced de una oposición despiadada y decidida a arrebatarle su lugar en la Casa de Pizarro. Situación extremadamente incómoda, teniendo en cuenta que aún le quedaban casi cuatro años de mandato.

 

Desde la ventana de la habitación presidencial mira a los jardines traseros del Palacio de Gobierno, sin amor: enormes rejas lo separan de las históricas higueras, recuerdos de un pasado glorioso que se fue, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por custodios que avanzan, también, hacia el Salón Dorado. Él era como el Perú, Kuczynski, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? El Perú jodido, piensa, yo jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución.

 

N. del A: Los hechos y/o personajes de esta nota no son desde ningún punto de vista ficticios. Cualquier similitud con la realidad política peruana es totalmente adrede. Exceptuando el último párrafo, una adaptación de la novela de ficción (¿?) Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa (1969).

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