"No me abandonen"

November 23, 2015

 

 

El primer pedido de un presidente electo.

 

“Pregate per me”. Con esas palabras, en un italiano poco aceitado y muy porteño, Jorge Mario Bergoglio terminó de transformarse en Francisco el 13 de marzo de 2013. El flamante sucesor de Pedro, pidiendo en más de una ocasión que recen por él, demostraba ser plenamente consciente del difícil desafío que le esperaba si pretendía enfrentarse a las estructuras de poder de la Iglesia Católica, para lo cual necesitaría el apoyo y las plegarias de todos los fieles del mundo. Si bien esta actitud fue vista en un principio como un símbolo de humildad y acercamiento de un jesuita que quería una iglesia más cercana a los feligreses, a casi tres años de su asunción, podemos decir que fue más bien un pedido de alguien que sabía lo difícil que sería su tarea.

 

 Por su parte, el flamante presidente electo de la República Argentina, salvando las enormes distancias institucionales y morales que lo separan del argentino más importante del mundo, hace en su primer discurso tras las elecciones un pedido similar: No me abandonen. ¿A quién va dirigido ese pedido? ¿Al 51% del electorado que lo eligió en el balotaje? ¿A la UCR y la Coalición Cívica? ¿A los miembros de su propio partido? ¿A todos los argentinos? La respuesta está en todos aquellos grupos mencionados. Mauricio Macri, aún con el fantasma del 2001 en sus espaldas, intentará ser el primer presidente no peronista que termina su mandato habiendo sido electo, desde Agustín Pedro Justo (1932-1938), y si queremos remontarnos a un presidente electo sin el famoso método del fraude patriótico, debemos ir algo más atrás en el tiempo hasta Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928). 

 

 El gran desafío de la República Argentina, es poder construir institucionalidad, que el Presidente de la República sea una persona respetada (y respetable) por toda la comunidad, allende su color partidario, que no confunda el gobierno con el Estado y que no pretenda destruir todo para construir sobre cenizas.

 

 Sin duda, es mucho más complejo edificar un proyecto propio sobre los cimientos de uno anterior ya consolidado, pero es el desafío de la democracia. En estos cuatro años se juega una vez más el futuro institucional de un país con pulsiones democráticas, pero también autoritarias, personalistas y mesiánicas. “El argentino es así, es pasional”, se suele alegar. Pues será hora de que los argentinos salgamos de la crisis moral en que nos encontramos y ordenemos nuestras pasiones de una vez, que pongamos la institucionalidad por delante y hagamos respetar nuestra República. Es nuestro deber moral que Mauricio Macri termine su gobierno, el deber del Partido Justicialista es consolidarse como un partido institucional hacia sus adentros y como una oposición responsable y constructiva hacia afuera. El deber de La Campora, canalizar esa ferviente militancia juvenil hacia la institucionalidad de un partido (¿Cercano al FIT, tal vez?). El deber de Mauricio Macri y su equipo, de no avasallar las instituciones y de no quitarle a la población las conquistas sociales. Y por último, y por sobre todas las cosas, es deber de la sociedad argentina hacerse cargo de sus elecciones y contribuir desde su pequeño espacio a tener un Estado más institucional y fuerte, no evadiendo impuestos, no cantar “Que se vayan todos”, no explotar a los empleados, no coimear ni dejarse coimear, priorizando la educación y la honestidad de las generaciones futuras.

 

En fin, superando la profunda crisis moral en la que estamos inmersos.
No la abandonemos. No a la figura de Mauricio Macri. A la República. A la Argentina. Pregate per lei.

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